DECIR ARQUITECTURA SOSTENIBLE
En estos tiempos, la
sostenibilidad, es una palabra de uso corriente y aplicada a innumerables
actuaciones. El concepto “cuna-tumba”, ha dejado de ser un concepto exclusivo
de expertos para pasar a ser una dupla cotidiana.
La preocupación por el medio
ambiente está creciendo y abarcando todos los ámbitos. Por lo tanto, LA
ARQUITECTURA no puede estar ajena a este movimiento y compromiso.
Ahora bien, el enfoque de este
escrito no pasa por comentar qué significa una arquitectura sostenible. Materia
más específica de foros técnicos. Aquí lo que se intenta transmitir, es la
realidad de esa arquitectura sostenible en el tamiz de la cotidianeidad.
Y porque, donde se vierte este
análisis, tiene que ver con la indumentaria he escogido la siguiente analogía:
La
arquitectura sostenible está en la fase de “traje a medida de cachemira”.
Es decir, que es para unos
pocos. No porque no interese, sino porque supone contar con una serie de
privilegios que no están al alcance de todos. Cuando, para ser verdaderamente
sostenible algo, debe poder llegar a ser universal.
Hoy suele ser común oír hablar de
los estándares “passive house”. Un edificio con esas características es una
edificación de muy alta eficiencia energética y bajo consumo o casi nulo. Se
consigue con un gran aislamiento térmico, ventanas y puertas de altas
prestaciones, hermeticidad al aire y recuperadores de calor.
Es el paradigma del confort y
cuidado del medio ambiente. Sin embargo, las condiciones que debe reunir la
localización del edificio son tan restrictivas que aún no ha llegado la opción
de generalización en las ciudades. Son edificaciones aisladas, en solares
amplios y en periferia urbana. Empleando, en menor o mayor medida, materiales
avalados por declaraciones ambientales de productos. Y procedimientos
constructivos de alta eficiencia, sobre todo en la gestión de residuos y
consumo de agua y energía. Todo ello vinculado estrechamente a un importante
desembolso por parte del promotor de las obras.
Ese es el punto de partida idóneo
que permite la aplicación de estos estándares sin mayores dificultades de
compatibilización. Eso define que sea “un traje a medida y de cachemira”.
Pero así no resolvemos el
problema. Nos quedamos con un parque inmobiliario mayoritariamente obsoleto,
que brinda escasa calidad de vida y además es gran demandante de energía. Esa
es la franja de actuación a donde se debe dirigir la mirada. Se cuenta con
estrategias parciales, nada despreciables pero escasas.
Regresando a la analogía, se
podría decir que son edificios como ropa de mercadillo. De muy bajo
coste, de baja calidad y proceso de fabricación alejado de la sostenibilidad.
A su vez afectados por la vejez
de los materiales, patologías por falta de mantenimiento continuado y el
reducido nivel de ingresos de los propietarios. Incidiendo sobre todo en el
alto porcentaje de edificaciones con esas características que configuran pueblos
y ciudades.
Es muy difícil convencer a los
usuarios que se deciden a acometer obras de mejora en sus edificios o
viviendas, que al margen de la normativa vigente y de obligado cumplimiento amplíen
el esfuerzo económico en contar con asesoramiento técnico que vele por la
optimización no sólo de la inversión sino también de la vigilancia y
seguimiento en la ejecución de las obras. Los materiales y los procedimientos
son piezas fundamentales en el engranaje de la sostenibilidad.
En la mayoría de las obras, tanto
de reforma interior de viviendas como en actuaciones en edificios a través de
Comunidades de propietarios, no se suelen seguir preceptos de sostenibilidad.
La crisis en la construcción deja bastante de lado atender a este cometido. Se
mantienen procedimientos casi diría arcaicos en la ejecución de los trabajos.
Sobre todo, en la rigurosidad de la gestión de los medios, materiales y sus
residuos. Sin faltar la picaresca.
Hemos avanzado mucho, pero queda mucho
por hacer.
Sobre todo, informar para
formar.